El kiosko de la esquina: donde crecimos los venezolanos
El kiosko de la esquina: donde crecimos los venezolanos
En Venezuela, la lucha por levantarse e ir a la escuela comienza desde muy temprano en la mañana. Rápido, porque va a sonar el timbre y debemos, por supuesto, cantar nuestro “ Gloria al Bravo Pueblo ” y, si tenemos suerte, decir un pensamiento del Libertador con el micrófono.
La rutina de las clases se hacía placentera porque sabíamos que a mitad de mañana llegaba el tan esperado “recreo”, que entre la cantina y la “ere”, pasaba volando.
Nuestros amigos, nuestras profesoras, los cuadernos caribe, el lápiz mongol o el borrador nata… así se iban pasando los días y los grados, esperando sacar por lo menos un “10” y pasar liso a otro grado, a otra rutina ya otras tareas.
Pero la ida a casa siempre resultaba en una palpitación acelerada en el corazón, porque así de sudados como salíamos del colegio, corríamos al kiosko de la esquina. Sí, ese donde el señor que atendía se armaba de paciencia para vernos elegir alguna chuchería: entre un Pepito, una Nucita o quizás unas barajitas… pero siempre alcanzaba para un Bubbaloo.
Nuestro kiosko… no importaba qué tan cansados estábamos, jamás pasábamos de largo; Algo de lo que allí se vendía, seguro nos alegraba el día… ó… se lo alegrábamos a alguien más; Porque para nosotros, una chuchería no es solo un dulce: es un motivo para iniciar una conversación, un Toronto siempre le cambiaba la cara a la señora que atendia en el banco.
Y hoy, aunque estemos lejos, seguimos buscando ese pedacito de infancia en cada sabor. Porque al final, no era solo el kiosko … era ese lugar donde éramos felices sin saberlo, donde un simple dulce tenía el poder de hacernos sentir en casa.